Todavía no había olvidado aquella tarde gris, mientras paseaba meditabunda por las calles de Madrid. Vagaba sin rumbo, pensando en todo y en nada a la vez. No habían sido buenos días, de eso no cabía duda. Anduvo muchísimo. Hasta que, derrotada, se sentó en la primera silla que vio. No se percató hasta que vino la camarera de que se había sentado en la terraza de un restaurante. Pidió lo primero que leyó en la carta: una tarta de fresas.
Poco tiempo después se la trajeron. En realidad no tenía hambre, pero la tarta tenía buena pinta. La probó con desgana... ¡Estaba deliciosa! Nunca había probado nada igual, ni unas fresas tan sabrosas como las del pastel que tenía ante sí. Pasó las horas muertas en aquella terraza, contemplando a los viandantes, sumidos en sus vidas monótonas, aburridas, iguales; y todo parecía absurdo, distante y ajeno mientras saboreaba su deliciosa tarta de fresas.
Y lo que fue pura casualidad se conviritó en costumbre. Todas las semanas de los últimos años iba al mismo bar, y si estaba abierta la terraza, se sentaba incluso en la misma mesa, y pedía su pastel favorito. Era su tiempo de reflexión, leía, pensaba, observaba...
Pero últimamente las fresas de su pastel estaban amargas, algo poco usual. Cada día, volvía a pedirla, con la esperanza de que sólo hubiera sido algún contratiempo lo que había cambiado el sabor de sus fresas; convencida de que la próxima vez volverían a estar tan sabrosas como aquella primera vez que las probó.
Y ella, absurda, distante y ajena, volvía cada semana; lloviera o nevase, hiciera frío o calor, trantando de encontrar la dulzura del primer día en aquel pastel de fresas que se habían vuelto tan amargas como aquella tarde en la que paseaba meditabunda por las calles de Madrid y acabó sentada en un bar donde servían tartas.
Poco tiempo después se la trajeron. En realidad no tenía hambre, pero la tarta tenía buena pinta. La probó con desgana... ¡Estaba deliciosa! Nunca había probado nada igual, ni unas fresas tan sabrosas como las del pastel que tenía ante sí. Pasó las horas muertas en aquella terraza, contemplando a los viandantes, sumidos en sus vidas monótonas, aburridas, iguales; y todo parecía absurdo, distante y ajeno mientras saboreaba su deliciosa tarta de fresas.
Y lo que fue pura casualidad se conviritó en costumbre. Todas las semanas de los últimos años iba al mismo bar, y si estaba abierta la terraza, se sentaba incluso en la misma mesa, y pedía su pastel favorito. Era su tiempo de reflexión, leía, pensaba, observaba...
Pero últimamente las fresas de su pastel estaban amargas, algo poco usual. Cada día, volvía a pedirla, con la esperanza de que sólo hubiera sido algún contratiempo lo que había cambiado el sabor de sus fresas; convencida de que la próxima vez volverían a estar tan sabrosas como aquella primera vez que las probó.
Y ella, absurda, distante y ajena, volvía cada semana; lloviera o nevase, hiciera frío o calor, trantando de encontrar la dulzura del primer día en aquel pastel de fresas que se habían vuelto tan amargas como aquella tarde en la que paseaba meditabunda por las calles de Madrid y acabó sentada en un bar donde servían tartas.
Irene irene... Si te digo que eso me
ResponderBorrarrecuerda mucho a mi pero cambiando tarta de fresas por nueces que me
dices? Jajajaajaa. Me sorprendes mucho. Podria preguntarte si es experiencia propia o no, pero prefiero especular. Muy chachi sirenita. Ya hablamos.